CAOS (2)

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CAOS (2)

Mensaje  Helena el Miér Nov 02, 2016 2:40 pm

Bajé corriendo las escalas. No es que me interesara comprar algo en la subasta ¡con qué plata! Lo que quería era ver una subasta american style.
El salón Blue Sky estaba lleno y el público era sumamente selecto. Cabezas rubias, al fín y al cabo un pelo poco más claro que el mío, me dije. Porque aúnque el mío lo conseguí con la mezcla de mi padre Santana con una alemana de Valdivia -¡mal padre mío que me dejaste huéfano a los seis años!-  quién iba a suponer que yo era "hispano", si me limitaba a estar boca cerrada para evitar cualquier discrimination.
Conseguí un asiento en la retaguardia, justo al lado del japonés, a quien le regalé una venia y un excuse me al pasar delante de él para sentarme a su lado, y me devolvió la venia agregando una sonrisa.
El gringo a cargo de la subasta era un hombre de mediana edad, rubicundo y entusiasta, a quien parecía írsele la vida en cada cuadro que mostraba. La vida se le iba, eso sí, en un inglés gutural, porque los únicos compradores que le interesaban eran los de States ¡que ningún sudaca osara!
Con los amarillos no problems, obviamente, moneda dura el yen. Mi vecino, el japonés, tuvo a bién rematar un paiseje horroroso para regalárselo a su japonesa madre, que por lo visto no había recibido ningún premio de detergente ¡que se las arreglara solo! y claro que se las arreglaba lo más bién porque el paisaje en cuestión le costó ¡diez mil dólares! Es decir lo que yo, me demoro un año entero en ganar. Y considerando que en Valdivia ese sueldo es muchísimo dinero.
-Congratulations. Nice landscape -dije hipocritamente.
-Thanks a lot.
No era cosa de tanta hipocrecía tampoco. En el fondo, lo que quería era no estar tan solo en la navegación por el Caribe después de la desilusión de la mañana. Además no fuera cosa que el fornido japonés tuviera escondida alguna hermana, que aúnque no soy especialmente aficionado a la mujer de raza amarilla, sólo por haber pocas en mi país, a estas alturas, lo que quiero ahora es darle gusto a mi madre y volver de novio a casa.
No sé por qué esperaba ver, en el remate, a la madura señora de color. Tal vez porque ella, junto al japonés, fue testigo de mi horror al divisar a la chilena mentirosa junto al hombre de la Unión, observando el barco de juguete en al mapamundi de juguete ( ojalá fuera tan chico el mundo). Mientras yo, estaba viendo mi barco que se hundía en el Caribe a veinte centímetros del triángulo de las Bermudas.
Iniciamos una conversación en voz baja, con el japonés, quien resultó llamarse Kasuo Kimura; un trasplantado en Wall Street, aún más huérfano que yo -de padre y madre-, soltero por falta de tiempo, hasta el momento, con ganas de casarse ¡pero en States no es nada fácil! Uno corre el día entero, apenas hay tiempo para un bowling algún sábado en la tarde y las chicas si te he visto no me acuerdo, después de algún afaire profundo de una noche, y a eso le cuesta mucho, muchísimo, a un japonés acostumbrarse. Resumiendo y traduciendo a propio modo, el pobre japonés por mucha plata que tuviera, no tenía a quien mostrarle su landscape.
Luego de esa corta conversación, Kasuo debía ir a juntarse con un tejano para amarrar una compra de acciones IBM. Quedamos de vernos a las once de la noche en la Forever, a tomarnos un drink, para que le contara acerca de mi interesting country in South America, de esa interesting University of Valdivia, y adios, see you later.

*

Me quedé un rato más en la subasta, sin intención de compra alguna sino sólo por mirar el salón Blue Sky y tener algo curioso que contarle a mi madre, y a Matus, cuando volviera. Después de todo si no encontraba novia al menos llegaría con recuerdos. Recorría las columnas doradas, revestidas de dibujos imitando hojas, en un afán poco felíz por crear un neo-neoclasicismo, hasta dejar caer mi vista en un piano de cola blanco. La visión trajo incluída la presencia del maduro hombre de la Unión, ya no acompañado por mi visión de la noche anterior, sino que misteriosamente inclinado sobre una mujer de edad, de pelo canoso algo azulado. Miré alrededor por si la ingrata se hubiera retrasado y estuviese por esa razón alejada del que supuse su marido. Pero no. No la ví en ninguna parte, por lo tanto pensé que tal vez era su hija y no su infiel esposa, y que yo me había hecho un ferOz rollo mental, además de un nudo en el corazón sin causa alguna. De modo que me levanté como impulsado por el viento y me fui a mi camarote single, nuevamente con la esperanza de cambiar de una vez por todas esta última condición.
Entonces, una nueva mirada a las distancias, un rayo de sol entrando al camarote y el corazón nuevamente bombeando rapidísimo. Un paisaje redondo del Caribe, a través del ojo de buey, y la desesperanza en el papelero junto al velador. La rosa en el florero más roja y más lozana que hace un rato, y una especie de cosquilleo en el estómago... ¡amor de mierda que eres capáz de darle vuelta el alma al diablo en un segundo! Apúrate Pablo Santana Hausser (este último apellido que me regaló mi madre, en Valdivia viste mucho. No te ponen mala cara en el Entrelagos cuando pasas a tomarte en los inviernos un chocolate caliente con kuchen de murtilla.)
Luego voy saliendo a la piscina porque empieza la maratón de singles. Mi single chiquilla rellenita, de los pechos, mas no de la cintura, debe estar esperándome para correr junto a mí en la maratón y decirme depacio al oído -por fin en español de la Unión- "esta noche a las once en la Forever".
Al tomar el ascensor me encuentro con la morena madurona (cuarenta y poco más, calculo) quien me dice en un castellano bien cantado ¿habla español? Resulta ser ecuatoriana del Guayaquil. Que alegría hispanoparlanchina ya que en ese momento la vida me sonríe y me interesa conversar. Le pregunto cómo se llama y qué hace en Guayaquil y me dice "Concepción, para servirle, y ni estudio monos ni como bananas todo el día. Hago clases de inglés en un school de señoritas, todas muy blancas". Que bien, yo también soy profesor de.... epistemología allá en Valdivia, Chile. Pablo Santana Hausser, mucho gusto, y en seguida ella pregunta ¿epis... qué?  (Mejor apurémonos, mi negra, porque alguien me espera para correr la maratón del amor en el 14.)

*

Son las cinco y media; estoy de vuelta. La rosa roja se marchita en el florero y el paisaje redondo se ha vuelto gris. Me duelen los pies porque corrí la maratón con zapatones, las zapatillas las dejé en Valdivia porque ¡cómo en un crucero con adidas; traje dos ternos y seis camisas blancas! Si no fuera por la camisa de seda y el pantalón blanco que compré en Miami  hubiera tenido que pasarme en la piscina (porque eso sí que traje, trajebaño), y después salir sólo de noche. La vida se sonríe, ella sola, la mierda de vida que tengo. La maratón la tuve que correr con una multitud desconocida y Concepción de Guayaquil. La muy negra, of course que me ganó y a mi chica no la vi, seguramente fue a tomarse un jugo con su padre, o los dos durmieron siesta con mamá, pobrecita mi chiquilla, seguramente papá sospechó de la noche de amor y la tiene castigada. La tristeza se ríe en las narices de este pobre chileno descendiente de alemana quintageneración, (y qué se le va a hacer, Matus, por lo menos veré Bajos Instintos, que seguro la censura no dejará que la pasen en el cinearte de la Australis University, porque fiducia, así, con minúscula minúscula, dirá con su mirada medieval que atenta contra la moral y las buenas costumbritas. País de mierda, país hipócrita ¡eso somos los jaguares de south america! unos pacatos irredentos, porque por Dios que tenemos problemas con el sexo. No tenemos problemas con la envidia, no le hacemos ningún caso a la mentira, al arribismo, al consumismo, al cero fraternalismo, pero al sexo, ¡eso es otra cosa señores! Atenta contra la familia (procrea hijos huachos, con derecho a herencia), contra la tradición (no mezclemos rancia aristrocracia castellano vasca, no tan rancia por si acaso, ciento cuarenta años a lo más), y sobre todo, todísimo, contra la propiedad. Eso sí que es pecado mortal.)
(Pero, Matus, a mí eso, aquí en el crucero, no-me-toca-, aquí todos somos igualitos (descontando la subasta), todos tenemos retenido el pasaporte. Yo circulo con una especie de tarjeta de identificación -crédito- número de camarote- número de bote salvavidas ¡qué susto naufragar! -comedor Royal Dinner, mesa número 28-. Y todos la misma cosa. La tarjeta te permite cualquier cosa, hasta hacer el amor con una ausente de cintura breve... tu ves que allá la única tarjeta que tenemos, tú y yo, es la CMR de Falabella de Faldifia ¿te acuerdas cuando el invierno pasado nos sacamos, a seis meses, dos ternos, zapatones y tres pares de calcetines? Y para celebrar nos fuimos a tomar unas cervezas al café Fértil Provincia y pucha que encontramos fértil la vida aquella tarde después de las cervezas Kunzmann, aúnque todavía ni asomaban las flores de manzano.)
(A todo esto por ponerme a hacer recuerdos contigo, Matus, casi se me olvidan los "bajos instintos" sin censura, y hasta luego, voy corriendo al sexto piso.)
A la entrada me encontré con mi amor y su papá. Parece ser buena hija esta chica de la Unión, acompañando a papá porque seguro la mamá ha estado de mareo y se ha tomado un par de pastillitas rosadas ¡sólo trrres porrr día señorrra!
Mi rucia me miró de reojo, como diciendo "no delatar", luego me dedicó una tímida sonrisa, como si estuviéramos paseándonos por la plaza de La Unión a los quince años, y ella doncella, y no te creas rucialindacalientita que cuando te llevé al río, otro se había ido a nadar antes contigo, pero eso qué me importa, no he sido nunca súbdito del Reino Medieval de Fiducia, no tengo fundos, apenas siete pares de fundillos (en Valdivia cuando no corre viento cuesta mucho que se sequen los calzoncillos), ni tampoco he tenido tiempo para hacer hijos sin padre. De modo que vamos viendo tranquilitos la película y después de la cena nos vemos en la For Ever Young ¿de acuerdo? Al parecer, dijiste sí... por la segunda sonrisa. Dos sonrisas ¡qué diera yo por tu sonrisa, dice Neruda!
(La descarada de la Sharon Stone, Matus, le mostraba "aquello" a Michael Douglas ¿habrá algún fiduciano en el King of the Sea? Capáz que se vaya a reclamarle al pobre capitán; qué culpa tiene el pobre Christian Andersen ( no se me ocurre que otro nombre ponerle), si en Dinamarca esas cosas ya no importan, el único dilema que subsiste -como en todo el planeta- es el to be or not to be, y hasta hay una sirenita en Copenhagen que muestra sus tetitas y allá nadie se asusta. ¡Cosas de la vida, Matus!
Al salir de la sala Charles Chaplin, bastante entusiasmado después con el film, me fui al camarote, amplio, lindo, con los instintos tan bajos que decidí darme una ducha helada antes de partir a cenar al Royal Dinner, mesa 28.
Salí fresco y perfumado de lavanda rumbo a la cena italiana del piso 4 (aquí debo aclararte, Matus, que hasta ahora no había pisado el comedor, me pasé un día completo a puro sandwich) Me fui buscando la 28 hasta divisarla junto a un ventanal de babor. Llovía y las ventanas dejaban caer lentamente unas gotas en los vidrios empañados, y todo mi mundo se había empañado segundos antes porque al pasar frente a la mesa 20, vi a mi señorita chilena. Ni siquiera me brindó una mirada de reojo.
Para suerte mía no había llegado nadie a la 28, y para no ahondar la triste pena que me embargaba, me senté de espaldas a la 20 y esperé que me sirvieran la cena italiana aúnque hambre, no tenía.
En eso se acercaron a la mesa un grupo de españoles bulliciosos, mamá y papá españoles, más tres españolitas jóvenes piernicortas pero bonitas, graciosas, y Eustaquio y Justa Algorta para servirle, y aquí nuestras tres hijas: Macarena, Luján y Lourdes, con lo que me quedó claro que al menos don Eustaquio y doña Justa eran devotos fervientes de la virgen.  ¿Usté de donde viene? De Chile. Vi caras preocupadas. Después ¿qué tal la democracia? Entonces supuse que eran republicanos ¡buena cosa!  El usté me indicó que bién pudieran ser de Andalucía y ¡olé, y cante hondo, sevillanas! Y no estaban nada mal las virgencitas, blanquitas y ojinegras, narices respingadas, delgadas, salerozas y graciosas. En una de esas no era mala idea irme con ellas a la Forever Young, después de la cena al itálico modo ...recordando las palabras de Douglas el camarero -le quedan nueve noches- y una españolita por noche para matar la pena si mi chilena se entusiasmaba con un gringo, y con eso me restaban seis noches para hacer otro empeño de llegar de novio ante mi madre y ante Matus, (porque fíjate, Matus, que hay que amortizar noche a noche el entusiasmo de mamá, que, tu ves, se mata haciendo mermelada de murra y de mosqueta, y planta flores... seca flores... manda flores a una señorita de Santiago (en el Tur Bus) que hace ramos secos, y los vende en el Alto las Condes a precio de Alto las Condes que es docientos por ciento más alto que el bajo precio de las flores que le vende mi madre. Claro, Matus, que tu sabes que a la muti le gusta muchísimo el cultivo de las flores y que como ella misma dice no puede estar con las manos desocupadas. Tú la has visto, Matus, que hasta cuando ve las noticias en la tele está bordando punto cruz.)
A la cena italiana no le faltó la tarantella. Entrada: procciuto con melón (decía el menú impreso), después sopa de ravioli, luego fetuchini al pesto. Antes de los postres, desaparecieron los garzones, se apagaron las luces y empezó la tarantella de los mozos, en fila, con un pequeño volcán de dulce, ardiendo. Todo el comedor se levantó a aplaudir y a tararear la tarantella, aplaudiendo con más fuerza cuando pasaba al frente el garzón de su mesa. El nuestro era chileno, Bernardo Meneses, mucho gusto damas y caballeros. Curicano, de Los Queñes, quien cuando volvió a la mesa a continuar con su quehacer me dijo al oído, para no ofender a tanta virgen: "las huevadas que tiene uno que hacer para ganarse la vida en este barco".
Los contertulios de la 28 resultaron agradables. Ciertamente eran andaluces, sevillanos y republicanos. Lo que no pude adivinar fue si la virginidad de las españolitas era auténtica. Para lo que me importa ¡me oyera mi madre, Dios mío! También me gustó lo de republicanos; en Valdivia siempre hay que andarse con cuidado con las ideologías.
Conversamos de todo un poco. Las vírgenes eran trillizas. Parecían vender el paquete completo. Muy parecidas, hablaba siempre una primero; luego completaban la conversación las dos siguientes. Poco a poco aprendería a diferenciarlas, aúnque fisicamente, las chicas, fijándose bien, no eran tan parecidas. Se vestían y peinaban iguales, pero una tenía más lindos ojos que las otras dos; otra era mas rellenita de adelante que las otras, una tenía una mejor sonrisa que las demás, en resumen, las tres juntas eran toda una belleza. Yo me hubiera quedado con las tres de no haber asumido tan fervorosamente el compromiso de anoche. (¡Ay Matus, si volviera esta noche a repetirme ese amor, ese ardor, ese...!)
-¿Vas a la disco? -preguntó Macarena.
-¿Forever young? -Luján.
-¿Esta noche? -Lourdes.
Creo que no -dijo el mentiroso, lo más veraz que pudo. No resultara que por encontrarme en la disco con esta mujer dividida en tres, se apareciera mi rubia aparición de anoche y me quedara con una sustituta, y el premio del detergente...etc. (Fíjate el dilema, Matus, era más vale pájaro en la mano que cien volando y yo me quedé con cien pájaros volando, por qué mierda seré tan pelotas en las cosas del amor, porque tu ves, Matus, que tengo cero sentido práctico, aunque en otras cosas tan imbécil no soy, por algo estuve a punto de ganarte y ser yo el titular de episteme. A veces creo, Matus, que no soy yo el tan tonto sino que el huevón errático es el amor, que lo da a uno vueltas de carnero.  Buenas razones he tenido, hasta ayer, para no andar de nido en nido. Tuve bastante con las lágrimas que derramé en la primera juventud ¿te acuerdas de la Helga y la Gertrud, las chiquillas de la Deutche Schule. Y la otra, la hija del gringo Willcok? Se llamaba Victoria, era la más linda y más parada de Valdivia. ¿Te acuerdas que un día te gritó, negro de mierda? Ese fue el día más doloroso de esos días, porque yo no pensaba perder al amigo -del Colegio Salesiano en que estudiábamos- que me ayudaba a defenderme del grandulón de Espina, por una rucia deslavada, por mucho que fuera hija del gringo Willcok, que tenía, según mi madre, la importadora de maquinaria agrícola más grande de Valdivia. Amor de mierda, Matus.)

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