CAOS (4)

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CAOS (4)

Mensaje  Helena el Miér Nov 02, 2016 2:45 pm


Me despedí de los españoles con un castizo adios y al alejarme, sentí la mirada de las trillizas en mi espalda, pero qué se le va hacer, lo primero es lo primero, yo tenía que ir al camarote a prepararme; un poco de colonia en la barbilla, un par de peinetazos y a la Disco, al encuentro de mi amor. En el ascensor me encontré con Concepción de Guayaquil, quien me preguntó de una sola vez: ¿vas a la disco Forever Young esta noche?. No, no creo, pero estoy en el 505, llámame mañana, y nos juntamos a tomar una cerveza en la piscina. Okey -me contestó- Bye bye. (Eso de hablar en inglés en el crucero es algo que a cualquiera le pasa, Matus. Casi todo el mundo hispano habla en inglés porque para qué estamos con cosas, a nadie le gusta ser mirado en menos, porque uno será pobre pero tiene un rango en su país, ¿cómo va a explicarle a todo el mundo que los ancestros de su madre vinieron de Hamburgo, con pasaje de primera clase? Al menos eso es lo que dice ella.
Al entrar al camarote me encontré con Douglas, buenas noches señor estoy arreglando... etc. ¿Y, vió a la señorita? Y a mí que me faltaba el whisky en mano, no me dieron ganas de seguirle la corriente y sólo dije: no. Douglas sin insistir, dejó el chocolate sobre el pijama, pero antes de salir me recordó: no se le olvide al señor, que todavía le quedan nueve noches! Buenas noches, que duerma bién.
A las once en punto estaba parado en la puerta de la disco, tratando de acostumbrar los ojos a la oscuridad ¡por fortuna ya no a la disco! Enseguida apareció la barra, tras ella los dos jamaiquinos que la atendían -haciendo bailar las bandejas en un dedo- y la pista de baile de marmol negro falso. Me acerqué y le pedí a uno de los malabaristas que me diera un scotch. Al traérmelo, el negro me hizo señas de acercarme y me dijo: "come whith me to Jamaica, pretty young man, I have two houses and five taxis. ¡In Jamaica, no problems, brother!
-¡Fock you, and no problems... brother!
(No insistió el negro maraco, Matus, aúnque si yo a mi vez hubiera tenido sus mismas inclinaciones, me cambia la situación económica de un viaje, ya que después de pasar por Jamaica supe que lo que valía allá no era el vehículo, sino la patente para trabajarlo. ¿Qué te hubiera parecido, Matus? Los dos de cara al sol "tomando ron de Jamaica en el cráneo del capitán, oh oh oh, en el cráneo del capitán. ¿Te acuerdas de esa canción que cantábamos -cuando eramos estudiantes de filosofía_ en el Café Paula, a las tres de mañana, enfermos de cocidos? Tú y yo amigo, nosotros, a los que a veces nos escacea tanto el sol en Valdivia ¡pero a quién mierda le va a interesar en Jamaica la epistemología!)
(Estamos mal, Matus. Somos nosotros los que estamos mal. Los jamaiquinos no están tan equivocados. ¡In Jamaica no problems, brother!)
Me dí vuelta en el asiento de la barra para mirar el público en la pista. En una de esas la mujer, ahora, de mis sueños había conseguido permiso de papá unionino. También para arrancar de la oferta del perico de Jamaica.
En la pista bailaban Macarena, Luján y Lourdes -¡cosa más linda, las virgencitas españolas!- una rumba flamenca de "Los Rodríguez", con un salero, digno sólo de las de Andalucía. Las tres al unísono. De pronto me hacen señas para que me acerque a la pista a bailar con ellas y entre el whisky y Los Rodríguez me empujan a la pista y vamos bailando españolitas lindas ¡con las tres me quedaría! siempre que vinieran en paquete, y dale, vamos dándole a las palmas, al movimiento de caderas y ¡palmas, Pablito! me cantaban, y yo que no estoy acostumbrado a tanto movimiento de cuerpo, de repente me sentí mareado y dije, con permiso. Me volví a la barra porque entre el mareo y el jamaiquino homo que tenía ¡cuatro taxis! mejor me quedaba con los taxis o me desmayaba en medio de la pista.
Le pedí, al negro de la oferta, una cocacola fría, y con eso se me anduvo pasando el mareo. Volví a mirar la pista pero no vi al amor de anoche en ninguna parte. Macarena, Luján y Lourdes seguían ahora dandole a un rap, dije paso y decidí hacer una excursión al casino del piso 8. Digo excursión porque ni sé jugar en un casino -apenas conozco el de Puerto Varas- ni puedo malgastar un dólar de los 800 que compré antes de venirme porque tengo decidido comprarle a mi madre un video, que ojalá no me lo quiten en la aduana de Santiago por que no tengo un peso para pagar derechos.
El casino no era demasiado grande, pero a mí en este barco al parecer todo me queda grande: apuesta mínima en los tragamonedas 50 céntimos de dólar. Ni eso podía darme el lujo de gastar o ¡adios video! De modo que me limité a pasear como si pudiera jugar al punto y banca y la ruleta, como un gran magnate. De repente diviso a Concepción, la ecuatoriana, en la ruleta, y cómo, me pregunto, con un sueldo de profesora de inglés en un colegio de señoritas, la vida tiene misterios, misterios tiene la vida, y a mí me gustan los misterios. Creo que por eso la elección de la epis- qué. Me acerco por detrás, observando cómo y cuánto juega. La veo apostar fichas de a diez, american money, y más misterio aún, hasta que ella se percata de la presencia de Pablo Santana Hausser en su popa- que no está nada mal esta última- y me mira sonriente y me muestra sus dientes de perlas y sus ojos un poco enrojecidos, como cualquier negrito que se precie, y levanta los hombros como diciendo "cualquiera tiene sus pecados"; decido quedarme para ver si se presenta la ocasión de conversar, en algún salón de proa, para enterarme de cómo va la educación en Ecuador y todo eso...
Al parecer , Concepción adivina el pensamiento -capáz que a causa del vudú, pero qué importa- ya que dice textual:
-¿Gustas ir a conversar a algún salón de proa?

*

El salón de proa, Stars, cumplía lo prometido. Un techo de vidrio corredizo abría generosamente sus compuertas dejando pasar la luz azul de esa noche tibia. Las estrellas parecían mirarnos a los ojos complacidas; Concepción también estaba complacida, y nos fuimos contando algo más de nuestras vidas. Mira -dijo- heredé de mi padre el gusto por el juego. Heredé esta maldición. Hago clases todo el año para darme el gusto de venir a entregarle mis ahorros a mister King of the Sea. Algo así dijo, y algunas cosas más, como que era madre soltera, que no tenía novio porque "el vicio, tu sabes... se descubre". Después me preguntó: ¿conoces al chileno que juega al punto y banca y que anoche casi desbanca el casino?...Señor Becerra, lo llaman los croupiers. Es un hombre macizo, canoso, muy callado, se concentra y parece calcular todas las cartas que han salido y las que restan. A veces lo acompaña una rubita muy donosa, que por la edad parece ser su hija. Es un jugador muy profesional, parece un hombre de fortuna...de gran fortuna. Reconocí que era chileno ¡ustedes hablan la mar de cantadito!
-No. No lo conozco, Concepción -dije, pensando que no venía al caso contarle que ahora veía por qué mi flor de apellido Becerra, estaba tan confiada anoche.
Después hablamos del crucero. Le conté de quién fue la idea de embarcarme, de lo ridículo que me pareció todo el primer día, de mi vida tan distinta en mi país, mi ciudad, la U. Austral, de Matus. (Sí de tí , Matus, tú también saliste al baile en la conversación de esa noche tropical llena de estrellas. De cómo llueve en Valdivia ¡de abajo para arriba -le dije!)
Concepción me habló sobre todo de su hijo. Un muchacho de dieciocho que estaba empezando a estudiar Derecho en Bogotá. Un niño alegre, sano, y entre drink y drink, empezó a ponerse triste, a llorar despacio, a decir que era muy sola. Y ese vicio inconfesable ¡si mi hijito supiera, mi Dios! Puse mi mano sobre su hombro y le dije que cuando fuera hombre la comprendería. Después nos quedamos en silencio mirando el cielo. Al poco rato el alcohol nos fue abandonando por completo y mantuve mi mano sobre su hombro hasta casi adormecernos. Más tarde la llevé a su camarote de la mano.
-Buenas noches Concepción...
-Buenas noches -dijo, dándome un beso en la mejilla.

*
Cuando me despedí de Concepción eran las dos. Y, aúnque todavía estaba apenado por la pena y soledad de esa mujer, decidí salir un rato a cubierta a tomar aire.
La noche seguía quieta, apenas una tenue brisa pasaba de largo por mi rostro. En Valdivia, en el verano, cuando era niño, salía en un pequeño barco que tenía un amigo de mi padre a navegar el Calle Calle, el Cruces, el Caucau, y mi padre me decía: cuando seas grande te llevaré a recorrer los océanos en un transatlántico. Mi pobre padre. Murió a los veintisiete años, casi un niño, nueve años menor que yo ahora... ¡pero basta de recuerdos tristes, tengo que amortizar con alegría el premio de mi madre!
Volví a la Disco, pedí otra cocacola, esta vez al jamaiquino hetero; me fui a sentar en una mesa cerca de la pista. Las españolitas, al parecer, después de tanto bailar rap y rumba flamenca, se habían ido a dormir, aúnque de eso no estaba muy seguro porque en la piscina de popa había baile hasta el amanecer. Esa era una de las informaciones generales del folleto que le dieron a mi madre en la agencia de viajes Paradise.
Pensando en encontrarlas ahí (parece que esa noche no quería estar solo, Matus), subí con mi tarro de coca por las escaleras, hasta el 14.
La fiesta estaba ardiendo, la mitad de la gente se bañaba en la piscina, vestida, y nadando al ritmo del rock heavy en la piscina iluminada. (Todo el mundo gritaba, Matus, y las mujeres, hubieras visto a las mujeres, Matus, con las blusas mojadas y las tetas marcaditas, parecían sirenas escapando de las iras de Neptuno. En una mesa junto a la piscina había un grupo de venezolanas de más o menos treinta y cinco. Las reconocí por el, ¡vale chica, y qué zaperoco! ¿Has visto alguna vez, Matus, una teleserie venezolana? A mi madre le gustan mucho porque la hacen llorar; ella dice que eso le hace mejor que las pastillas para los nervios. Bueno, Matus, el grupo de venezolanas me llamaron, me ofrecieron un jaibol y yo, claro, muchas gracias ¡vamos animándonos de nuevo! porque la vida es una sola. Eso, Matus, recién lo aprendí ayer. Vamos chico, bailemos, gritaban todas y me llevaron a bailar alrededor de la piscina, y yo me dejaba querer en venezolano, pucha las minas lindas, pintaditas, olorocitas, me agarraban a besos, me acercaban sus cuerpos marcados por el agua, y el jaibol surtiendo efecto, Matus, hasta que no supe cómo fui a dar con mi alma vestida a la piscina. Ahí me independicé de Venezuela y me dio por nadar y nadar en el agua temperada ¡cuándo va a poder hacer eso uno en Niebla, si sales tiritando a los dos minutos! ¿Sabes, Matus? ¡Creo que lo mejor que podríamos hacer es cambiarnos de país! ¡Mandemos a la mierda la docencia y la investigación, agarremos viento de cola y cambiémonos al trópico...porque esto sí que es vida, viejito!)
De repente, un par de pechos que conozco, ahí, a mi lado; miro a la dueña; es la misma, ¡mi amada de apellido Becerra! La tomo de un brazo suavemente y le digo ¡por fin te encuentro, amor! Y ella quita el brazo, bruscamente, y me lanza ¡I do not speak spanish! ¡Sí hablas spanish, mi amor, sí hablas! Eso alcanzo a decir y ella toma impulso, se mete bajo el agua y adios ¡she did not speak spanish whith me!
Me voy al camarote, por la escala de servicio, humillado, atontado, aparte de mojado y para no hacer el momento tan dramático pienso que por suerte los pantalones blancos son de fibra, no encojen, pero la camisa "de gusano de la china", seguramente encoje y tendré que pasarme el resto del crucero con camisa blanca y pantalón azul marino o gris. Pero la pena me vuelve cuando vuelvo al camarote y veo la cama doble donde anoche estuve a punto de conquistar el mundo. La rosa del florero de nuevo se marchita. (Por la mierda, Matus, que tenemos mala suerte en el amor. Me duermo estornudando, y me digo que ese lagrimón que derramé es la gripe que me está viniendo por la zambullida... ¡Vida de mierda, Matus... buenas noches Matus!)

día 4

Douglas Hernández, me sacó con un discurso de la cama, algo así como a las once y media.
-No se me quede echado, mi señor. A las doce hay un sale de libros, en el piso de las tiendas, el 4. Vaya usted, como le gusta tanto la lectura, digo yo.
-Lo que necesito no es leer, Douglas, lo que necesito es que me haga un gran favor.
-Para servirle, señor. A lo mejor le alegro el semblante, que se le ve tan malogrado, señor.
-¿Podría averiguarme todo lo que pueda sobre un pasajero chileno, de apellido Becerra?
-No va a ser muy fácil, señor. Los camareros tenemos la lista de nuestros pasajeros solamente. Pero, aguarde. Tengo una amiga en la oficina de recepción, sí. Es una chica muy bonita con la que salgo a veces en Miami a tomar café. Tal vez ella...
-Gracias Douglas, se trata de saber algo más de la señorita que conocí en la For Ever Young. Y ahora le prometo que me daré una ducha y voy corriendo al sale de libros.
No era mucha la gente interesada en la lectura, en el piso 4. Habían puesto unos mesones con libros en el hall. Algunos pasajeros paseaban su vista sin mucho interés, otros entraban y salían de la tienda de licores. (Obvio, Matus, en el barco hay biblioteca y la gente prefiere recargar las maletas con whisky sin impuestos que con libros sin impuesto. Yo tampoco tenía ninguna intención de comprar libros. Había ido al sale sólo por no perder el día. Un pedazo de la vida, que ayer me sonriera.)
Me di una vuelta en el hall y fui a dar con un libro de Ilya Prigogine. (¿Te acuerdas del Nobel de Química del 77, Matus? Me acuerdo que recién el 92 llegó una traducción a la librería Chiloé, de "Orden a partir del caos". Ni tú ni yo le dimos mucha importancia, lo hojeamos un poco y opinamos que parecía ciencia ficción. Y ahora me lo encuentro en inglés, Matus, dando un paseíto por el Caribe ¡las cosas de la vida, Matus, Prigogine en el Caribe!)
En eso estaba, comprando el libro a cinco dólares, cuando me encontré con Kasuo Kimura - el japonés más solo que yo- quien venía felíz llevando bajo el brazo "The house of sprits." (De nuestra Isabelita Allende, tan maltratada por los escritores chilensi, la pura envidia, Matus, porque la chiquilla gana y gana plata como loca; yo te juro que me entretuve una semana, un verano en Niebla, con los Trueba. Anda Kasuo, aprende algo de Chile, de los agricultores, y ahora que digo agricultores, Matus, seguro que el papá de la chica mía, no tan mía -porque anoche se arrancó- es dueño de fundo ¡míren la perla, pegándose polvitos caribeños con un valdiviano! ¡Por la puta, Matus que estoy enojado con la cabra escurridiza!)
Después de saludarnos con Kasuo y conversar unos minutos en perfecto inglés, nos fuimos a tomar el drink que habíamos dejado pendiente en la subasta, a la piscina de proa. Enseguida, Kasuo y yo nos fuimos por los caminos literarios. Sí, conozco a Neruda, dijo. No conocía a la Mistral pero me encargué de presentársela, prometió tener en el futuro una cita con ella y anotó su nombre en cuanto le informé que tenía un premio Nobel. Nos conversamos un daikiri con unas aceitunas verdes y quedamos de juntarnos en la Forever Young a tomarnos otro trago por la noche. La idea no me gustaba mucho, pero si mi amor no aparecía era mucho mejor estar acompañado que estar solo en el camarote mirando el ojo de buey, y bye bye see you later, Kasuo Kimura, dueño de un landscape de diez mil dólares.
El almuerzo estuvo entretenidísimo. El responsable de iniciar la entretención fui yo. Cuando entré al comedor sólo divisé a la señora canosa en la mesa 20, es decir la madre de la señorita Becerra. No estaban ni el padre ni la hija. No era nada raro por lo demás, ya que las opciones para almorzar en el barco son casi infinitas: junto a la piscina: bufette frío, hamburguesas en uno de los comedores de cubierta y qué se yo que más. (Este buque no es un pueblo chico, Matus, es casi una ciudad.)
La ausencia de la chilena, en el comedor mesa 28, me relajó y me dediqué a contar chistes gallegos. Don Eustaquio, doña Justa y Macarenalujánlourdes, cuentos de belgas.
(Así nos fuimos, Matus, viviéndonos tres horas y yo sentía en ese instante que era mejor descontar tiempo porque la indiferencia de anoche, en la piscina ¡me volvió a alargar el tiempo! Hacía muchos años que no sentía tanta indiferencia, yo creo que desde que la hija del gringo Willcok, la Victoria, la que te dijo negro de mierda, me mandó al carajo a mí por defenderte.
Macarenalujánlourdes, quería que la acompañara a la piscina, después de almuerzo, pero yo le dije no, a la piscina no.
(¿Te imaginas, Matus, ir a enfrentarme de nuevo al desdén? No es que a mí me guste quitarle el poto a la jeringa, pero era preferible irme con Ilya Prigogine -cinco dólares, tamaño bolsillo- al camarote, que exponerme al escarnio junto al agua. Tú sabes, Matus, que hasta yo tengo algunos mecanismos de defensa.)
(Desperté como a las cinco, compadre. El almuerzo me dio sueño porque a los dos minutos de irme con Ilya Prigogine a la cama, si te he visto no me acuerdo, perdí el sentido por completo.)
Al despertarme, tomé del velador el consabido folleto informativo que entraba día a día por debajo de la puerta, y veo que a las seis hay un curso de salsa en el gimnasio; piso 7. A lo mejor, consigo llegar bailando salsa a Valdivia, porque ¡por Dios que soy tieso!
(Me visto, me afeito, me corto, me peino y corro al gimnasio, que nada tiene que ver con el Gim Gim, de Valdivia, Matus ¿te acuerdas cuando a los dieciocho nos dio por aumentar los biceps? Estábamos locos con Charles Atlas y jurábamos que con potentes brazos nos conseguiríamos una especie de Marilyn Monroe ¡Puchas que éramos huevones en ese tiempo! No sé, pero creo que ahora seguimos igual de huevones, encerrados los huevones, estudiando los huevones, apenas cinco cervezas Kunzmann los sábados por la noche los huevones, apenas veraneo en Niebla los huevones, apenas cine arte los domingos los huevones, apenas...la nada misma los huevones. ¿Sabes Matus? Yo prefiero este encuentro de mierda con la chica de la Unión, con desdén y todo, huevón, que volver a esa vida de perros que tenemos en Valdivia. Yo te voy a enseñar, Matus, lo que es la buena vida, harto trago y harto sol, en una de esas nos tomamos juntos el crucero del King el próximo verano, tú puedes Matus, ganas más que yo, y se puede pagar hasta en 48 meses.)
En el gimnasio había cien personas a lo menos. Las mujeres con esas mallas que les marcan el contorno. Yo figuraba en trajebaño. Ahí estaba el profesor de salsa, ese sí que es gusano de Miami, y vamos haciendo empeño a la salsa, que Juan Luis Guerra está sonando ¡mueva las caderas el señor del trajebaño azul! (Me grita el muy gusano y yo lo intento, pero pucha que soy tieso, Matus) ¡Veo a mi amorcito de la Unión que se me acerca! Y me imagino que ¡a pediiir mi maaano vieeene! Dice: ¡hola, tanto tiempo! y yo le digo ¿cómo? Pero como al parecer no se acuerda del desprecio de anoche en la piscina, o el calor de la salsa ha vuelto a ponerla a punto, la tomo de la cintura con la misma pasión de antenoche y de repente le doy un beso en la boquita y dice: "a las once en la Forever". Luego se me arranca; cuando miro para atrás, ya no está en el gimnasio ¡se me ha ido!
De nuevo estoy contento, otra vez la tonta vida me sonríe y cuando vuelvo al camarote, más acondicionado de caderas que antenoche, vuelvo a ducharme, pero esta vez no me corto. Miro el programa: a las siete otra subasta, no interesa; a las ocho tango bar en la For Ever, no interesa, estoy cansado de bailar. Por lo tanto lo mejor es ir a leer unas revistas a la biblioteca para hacer hora hasta las nueve, luego ir a comer a la española con los españoles, y después de nuevo a la Forever. (Porque ¡Te das cuenta, Matus, quedamos con mi rucia de encontrarnos a las once!)
(En la biblioteca, Matus, me entretengo en mirar unas Penthouses: coleción de tetas lindas, alzaditas. De pronto me doy cuenta que me estoy revolucionando de las partes bajas y mejor me devuelvo al camarote y me baño en agua fría no vaya a ser cosa que me dé por hacerme una paja, ya que mamá Hausser me ha enseñado desde niño que los niños no crecen si se tocan, y puta las huevadas que le enseñan a uno cuando es niño, porque qué tendrá que ver el placer con crecer o decrecer, pero uno se guarda desde chico tantas cosas en el disco duro, Matus, que tendría que nacer de nuevo para ser "el buen salvaje".)
(Y al entrar al comedor a la hora de comida me tropiezo con la mesa 17, Venezuela en pleno me empieza a dar abrazos y que ¡chico, vámonos de fiesta a la Forever esta noche! y las cuatro, no me acordaba que eran cuatro, Matus, por eso del agravio que me hizo la chica de La Unión en la piscina, ¡que ya pasó al olvido a causa del encuentro en el gimnasio! Y las cuatro venezolanas quieren ir de fiesta. Que bueno para que conozcan a Kasuo, que vive tan solo el pobre en Wall Street haciendo dinerillos, y de repente se le ocurre convidar a alguna de ellas para mostrarle el landscape que compró en la subasta y así me deja tranquilo con mi amor en la For ever y me tomo unos tragos y mi chica se me pone cariñosa nuevamente ¿cómo sabes, Matus? Me la llevo a la provincia de Valdivia y me compro una casita con subsidio y la pago en diez años, calculo, y tengo hijos, Matus, porque te cuento un secreto ¡pucha que me gustaría tener un par de chicos!)
Después de la comida española con los españoles (Gazpacho, Pisto manchego, y de postre, Natillas con salsa de fresas -nuevamente así estaba escrito en el menú- ), las chiquillas insisten en que vaya a la Forever, yo les digo sí, allá nos encontramos, porque si a Kasuo no le gustan las sudamericanas a lo mejor lo convence el paquete de españolas, y si mi amigo japonés entiende de negocios, como dice entender, no tendrá donde perderse.
(De vuelta al camarote me vuelvo a acicalar. Saco los pantalones de lino falso de debajo del colchón, ya que si los mando a planchar me lo cargan en la tarjeta que para todo sirve, airéo la camisa de seda azul (hasta ahora el único problema que subsiste, Matus, son los zapatones), me encolonio, me sonrío en el espejo, me siento un majo -así me dicen las españolas triples cada vez que voy al comedor- y parto a la For Ever.
Kasuo se ha puesto una camisa floreada y está bailando con Macarenalujánlourdes, me adivinó el pensamiento el japonés, aqui la gente se pone muy vidente, debe ser por la temperatura ambiente.
Me siento en la barra y le pido al jamaiquino hetero, un whisky doble, porque estoy contento, han vuelto a renacer las esperanzas y aquí viene entrando mi esperanza. Ella... mi Amor, vestida de amarillo, pero siempre recatada. Y ¡qué sorpresa! Se me acerca, me mira a los ojos, me da un suave beso en la mejilla, y me dice con un gesto ¿bailamos? (De nuevo la gloria, Matus, ¡el amor, Matus! Cuanta razón tenía el Papa cuando vino a decirnos que el amor es más fuerte. Y yo te digo al modo de Valdivia, Matus, por mi parte: ¡el amor tira más que una yunta de bueyes!)
Mejor no seguir contando porque no es de caballeros irse relatando los detalles. (En resúmen, Matus, ya no fueron solamente los suspiros, fueron muchas las palabras, y en un momento me pareció escucharle unos "te quiero" y cómo te llamas: Angélica. Al depedirnos:"nos vemos". Esa noche fui a dejarla hasta el casino porque su papá le pidió pasar a buscarlo "a una hora prudente" y encontró que lo prudente era buscarlo a las cinco de la mañana. ¡Hoy la noche me sonríe! Hasta mañana...Matus...te juro que el próximo verano soy capáz de pagarte este crucero, porque al paso que vas, te vas a quedar solo para siempre.)

día 5

Douglas me despertó, se lo agradecí, aúnque las ganas de saber más sobre mi amada se me habían pasado bastante. Conocí anoche muchísimo más de su piel y la pasión que había en ella... basta de detalles. (De todas maneras, Matus, como amanecí con hambre de un desayuno continental, lo ordené al room service por citófono.)
-Buenos días, señor, tengo noticias -dijo, viendo que había vuelto a dormirme. No había ni un ápice de alegría en su cara.
-¡Qué averiguó, hombre, diga luego!
-Nada muy bueno, señor. El señor Ruperto Becerra, está alojado en un camarote de primera clase, en el piso 8, número 808, con su señora esposa, doña Angélica de Becerra. Los atiende mi compañero, Willy Grifero. Me contó que son una pareja muy bien avenida, duermen juntos en una cama matrimonial, se saludan con un kiss al despertar y él le dice: "buenos días mijita ¿cómo amaneció?".
Le hice una seña a Douglas, dádole a entender que se retirara. (Sí, Matus, ya sé que fui un malagradecido con el pobre negro, pero así se pone uno cuando todo lo obtenido se dispersa y sólo queda la obsesión, la maldita obsesión... y la impotencia. ¡Casada! Y adúltera. Eso si que es traición, Matus, porque para analizar la traición no hace falta ni el método inductivo ni el deductivo ni la lógica, ni el empirismo, ni el idealismo, ni siquiera el escepticismo. El adulterio es TRAICIÓN, sí con mayúscula, y no tiene ningún otro nombre esa huevada. Uno no necesita ni estudios universitarios ni postgrados en Navarra para saber que esa porquería no es otra cosa que traición. Pobre Becerra ¡de qué le sirven sus millones y el pasaje de primera, si Angélica goza de su estatus de casada y le adorna la cabeza con dos cuernos! ¡Pucha la mina indecente! No quiero ninguna huevada más con esa perra, Matus. Prefiero volverme a Valdivia sin novia y no te pagaré ningún crucero, mejor te buscas una valdiviana. Nos buscamos los dos unas valdivianitas. En vez de tomar tanta cerveza Kunzmann el sábado en la noche, ponemos más atención en las chicas que van al café Paula, y a lo mejor nos conseguimos una buena mujercita, cariñosa y no importa que no sea tan bonita, con que sea cariñosa ¡basta, Matus!)
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