RÍO CLARO ( cuento inédito)

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RÍO CLARO ( cuento inédito)

Mensaje  Helena el Jue Mayo 22, 2014 11:20 am

RIO CLARO
                                      Helena Braun
                                       
Ella llegó al Río Claro montando un caballo blanco, blanco como ella. Y yo estaba ese día metido, como todas las mañanas, en la maraña oscura de la orilla, ahí donde crecen los canelos y arrayanes y una que otra florcita amarilla o azulina, sobre el musgo verde, que es tan suave, que mis pies se hunden al pisarlo.
Yo no sé, amigo mío, por qué esa mujer tuvo que venir sin ropa alguna, montada en el caballo blanco a mi río, el Río Claro
Allí mismo donde yo usaba de poner trampas cada día para cazar algún pajarillo, que después iba vender al pueblo. Los ofrecía por las casas, y a veces me los compraban para entretención de los grandes.

Aquí, en estas montañas, a los niños no les gusta ver las aves metidas en jaulas. Ellos saben que las pueden mirar a su capricho ahí donde ellas viven, a veces en los ulmos o en algunos olivillos, o en los maquis porque les gusta chupar su jugo negro que es muy dulce.
Y yo estaba ese día intentando cazar algún loro choroy cuando ella apareció montada en su potro con el pelo cubriéndole la espalda, y algunas de sus partes delanteras que a ratos se asomaban como dos palomitas albas mirando al cielo.
Así es la vida, amigo mío, uno la conoce poco porque parece que su misma ley le permite al hombre de estos lados ir conociéndola muy poco, muy poquito.
Yo no sé si al hombre de los pueblos la existencia se le presenta muy distinta. ¡Qué sabe uno! Si aquí en estas montañas sólo, muy de tarde en tarde, se aparece gente de los bajos, que algo enseña. Casi siempre son los Padres Salesianos que predican en misiones y a mí me parece que esos seres no conocen mucho más que uno de la vida. Casan gente amancebada, bautizan niños moros y confiesan, y le enseñan a uno a temerle a Dios. Pero Dios, que casi nunca se aproxima a estos contornos, porque aquí cuando las cosas malas de la vida llegan, llegan todas juntas y nunca he visto un Dios que las detenga.
Vea usted, amigo mío, como Dios no pudo detener a la mujer del caballo blanco, y se vino a mostrar sus desnudeces al río, que era mío, al menos en la partecita aquella cerca del lugar donde yo buscaba mi sustento: las avecitas para vender.
Cuatro días estuve yo mirando su hermosura, recostado boca abajo, acalambrado y en silencio. Si usted hubiera visto a esa mujer con un montón de mariposas haciéndole cariño en la cabeza rubia, como si fuera una flor, una flor con pétalos de oro. Y la piel de ella salía bien brillante del agua y su pelo mojado le dejaba al descubierto redondeces y blanduras. Y es verdad que yo ahí tuve malos pensamientos... pero sólo malos pensamientos.
Me enteré que habitaba en una carpa, media legua al sur del río, y que no era del país, y que hacía unos estudios de los árboles... y de los pájaros. Se hablaba que ella hacía esos estudios por el puro amor a las montañas, para que no se cortaran árboles ni arbustos ni se mataran animales ni aves del cielo, ni se ensuciaran los ríos en perjuicio de los peces.
Por allá por esos montes donde cazo no pueden crecer caminos anchos, los devoran lueguito los arbustos, es por eso, amigo mío, que ella llegó a caballo. La gente que vive acá, no está cerca una de otra. A veces ir a ver a algún amigo demora media tarde caminando y otras veces más de media tarde.
Yo me creo que la rubia pensó en algún momento que estaba sola, sin un alma a sus alrededores y por eso se atrevió a salir desnuda.
Sus ojitos que miraban sin mirar eran del color del río. Y la sonrisa la llevaba puesta, bien puesta, no como otras mujeres que se ponen la sonrisa como mueca. Y su cuerpo era como un cántaro de greda, pero hecho de agua y harina.
Al cuarto día, se metió con animal y todo al agua y llegó a mi orilla... donde estaba yo escondido.
El caballo se encabritó al pisar mi trampa y ella se vino al suelo a mi lado. Y fue allí donde gritó y yo me asusté. Y con el miedo solamente se me vino a la cabeza taparle la boca.
Yo no quise hacerle nada, sólo quise que ella no gritara. Pero fue perdiendo fuerza, y se puso lacia. Entonces yo la levanté con mis dos brazos para llevarla a alguna parte donde la asistieran.
Pero ahí me di cuenta que la rubia estaba muerta. Me quedé mirándola un buen rato y hasta recé un Ave María por su alma. Después la cubrí con hojas de arrayán y fui poniendo muchas flores en sus manos... las manos de la pobrecita.
Yo no quise esconderla, sólo quise tapar su cuerpo desnudo para que nadie la tocara, ni la viera. Esto mismo que le cuento, amigo mío, se lo dije al señor juez, pero él no me creyó. Dijo que era asesinato en primer grado, con premeditación y alevosía… en despoblado. Yo lo único que entendí... fue aquello del despoblado.

                                                     FIN
Fuente: cuento inédito. Helena Braun
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Re: RÍO CLARO ( cuento inédito)

Mensaje  Arual Itzel el Mar Mayo 27, 2014 6:19 am


Arual Itzel

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